lunes, 29 de mayo de 2023

EL CAMIÓN DE HUMO

Ya es tarde para ti. El frío acaba de penetrar en tu mente por la primera línea de este relato, y nunca te dejará. Si no deseas cambiar, sentirás el haber empezado a leer. Porque nadie debe acercarse demasiado al Libro del invierno. En este, se leen acontecimientos que no están escritos…, aún. Más adelante, considerarás el tiempo en tus relojes y en el cielo con otra mirada.

En la cazuela, empieza a caer uno de los cuatro elementos: el chorro de agua, cual un rayo de luz fría.

Ayer, te vi en el supermercado del barrio de tu infancia. Compraste ingredientes para el plato preferido de tu único hijo: una porrusalda. Pero sin saberlo todavía, también pudiste comprarle un tiempo nuevo a una empleada. Sé que de momento no me entiendes, pero..., sigue leyendo. Su mano caliente cogió tu dinero; a cambio te dio las gracias, una sonrisa y las vueltas. “Hasta mañana, que pases una buena tarde” Tú, ni le sonreíste, dejaste caer dos palabras cuales copos desangelados, y saliste corriendo tras hacerte con tu cambio. Como siempre, tenías prisa y efectivamente, ya era tarde. Porque nunca más el futuro iba a volver a la empleada. Entraron tus palabras gélidas en su tarde, y hoy el supermercado está cerrado con persianas de escarcha. En señal de duelo.

Porque el mañana para ti habrá llegado, pero anoche, ella murió. Tras un grito como aquel día en que siendo aún una niña, quiso que su madre le comprara una cometa. Nadie la mató, sino palabras sin alma, cuando aprovechamos un presente en oferta, envasado al vacío. Te digo que ya es tarde, a pesar de que ayer saliste corriendo, tras comprar los ingredientes de la porrusalda.

Ahora me recuerdas, ¿no es así? ¿Quieres seguir leyendo, o prefieres huir como en el supermercado? Vuelvo cada tres estaciones; soy la indiferencia cogida de la mano de la insensibilidad. Vendré por enésima vez con alas de hielo sucio como el de los cometas, planearé sobre tus noches, colgadores y sueños. Mientras te sobresaltes en tu cama, sustituiré tus prendas por otras gélidas, con las que irás al entierro de la empleada. Una mujer que fue tu amiga de la infancia, ¿la recuerdas a ella también? Aquel primer día de vuestra amistad, lloraba, porque quería que su madre le comprase una cometa, y la consolaste. En el cementerio, también la verás triste a través de la tierra, hasta el último puñado. Habrá sido atropellada por un mundo cada vez más veloz, y ya no te dirá hasta mañana. La física cuántica es un juego de niños, si piensas en el tiempo que nos queda…, cuando ya es tarde.

Ahora, los ojos empañados, añades el bacalao desalado, que se desliza por el agua fría como antes, cuando vivía en medio de azuladas. Te lo alcanzó en una bandeja de plástico la cajera, tras introducir el precio manualmente, ya que la máquina no conseguía leer el código de barras.

Ay, no lo lee, dame unos segundos te pidió con una sonrisa.

Date prisa, por favor, todavía tengo que hacer la cena —le contestaste, media hora antes de que le atropellara un camión.

Porque el gran supermercado de la ciudad, oferta un tiempo que se consume aquí y ahora. La incultura vende más que la cultura, la apariencia que lo profundo; más lo instantáneo que lo auténtico. Más el separatismo que la unión. Ya poca gente espera en el silencio de una cocina, a que suban volutas de humo oloroso. Despaciosamente. La empleada te dijo hasta mañana, y luego corrió hacia su porvenir vertiginoso. Bajó el acantilado de la acera, pasó un camión de humo que la golpeó con una frente de sangre. Luego lo hicieron puñados de tierra en su última caja de cajera, de madera, y bajaron la persiana. “Gracias, adiós” Te digo que solo somos esto: agua, un pellizco de suerte pocas veces y mala suerte algunas más. Solo un grito al atardecer, cuando tienes mucha prisa, no te gusta tu vida pero debes cruzarla. Uno como el de aquella niña que fue, cuando el barrio de la infancia contenía todo el tiempo del universo. Ella quería una cometa y ahora sube a su encuentro, por los laberintos del aire y de la noche.

Al igual que asciende, ahora mismo, el humo perfumado lleno de mar, tierra y fuego. Volutas que traen a tu memoria a Gloria, tu abuela vizcaína; la que mejor sabía pronunciar porrusalda.

No quiero que llores, ni te dejes invadir por más escalofríos. Antes, te he mentido. No es tan tarde como te anunciaba. Sal despacio y mira a los ojos de los que te miran a los ojos. Puedes volver a leer la receta de la vida en la cocina encendida, ir a tu habitación y abrir el celofán, luego tus piernas, para dejarte acariciar por un tiempo nuevo. Uno gratuito, aún así precioso, lento a más no poder, que contiene ingredientes esenciales. Y gritarás, pero de placer; tu jadeo subirá por la cuerda de tu juguete y alcanzarás un lugar en el que nadie tiene prisa, porque el tiempo no existe. Después, volverás a tu presente mujer serena, y comprarás los ingredientes para ese plato donde tan bien se mezclan los 4 elementos.

¡Así que vas a hacer una porrusalda!

Sí, cariño, es para mi hijo —contestas a tu antigua amiga, mientras le sonríes al devolverte ella el cambio— Hace semanas que me la pide, y nunca he encontrado el momento. Oye, por cierto, tenemos que quedar tú y yo, para tomarnos un café despacio. Y recordar viejos tiempos. Vivimos demasiado rápidamente.

A la media hora, la empleada sale del supermercado pensando en lo que le has dicho. Se detiene unos segundos en el bordillo de la acera, al borde del crepúsculo… La punta de su pie derecho vacila, se hunde en la oscuridad, retrocede. Considera cada palabra tuya, mientras pasa un camión de humo, vomitando un alarido infernal. Justo después, cruza la calle con una sonrisa en los labios y el cuerpo hecho un escalofrío.


Sergio Arrieta - Relato publicado en la antología Pil-pil y mojo (Literarte Editorial 2018).